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¿Por qué hacer un programa de mediación en un museo?

Creemos que es pertinente hablar de mediación no solo en museos sino en instituciones, porque estas no saben hablar, al menos, tienden a tener problemas para comunicarse con el público; las personas y las instituciones tienden a hablar en frecuencias diferentes. ¿Hay espacios que necesitan de la mediación más que otros? ¿Dónde se necesita más un mediador, en un museo o en una galería?, ¿En una bienal o en una escuela? Esta discusión parte desde un museo de arte pero la mediación no es un asunto que le pertenezca exclusivamente al arte o la educación.

Las instituciones deben someterse a procesos de autocrítica, deben poner en tensión sus programas con procesos de mediación porque, independientemente de su naturaleza, son interfaces que tienen, quieren y necesitan comunicar sus contenidos al público, y para esto, es necesario contar con canales, metodologías y estrategias. De cierta forma, los mediadores son quienes encarnan estas funciones.

 

¿El Museo es una Fábrica?

Si, en palabras de de Hito Steyerl, el museo es una fábrica, un casino y un supermercado; en cuanto es un espacio de producción de objetos e ideologías, de capital simbólico y monetario. Según como se les vea pueden ser interfaces, fábricas, instituciones educativas, parques de diversiones, destinos turísticos, organizaciones gubernamentales, etc.
Pero más allá de todas tipologías posibles, los museos son instituciones complejas que funcionan como espacios de encuentro, o, en palabras de James Clifford, son zonas de contacto y justamente allí es donde está el potencial de estas instituciones como fábricas sociales y también lo que le da sentido a todo este asunto de la mediación.
Son espacios de poder en los que se generan y producen narrativas que necesitan ser interpretadas y re-interpretadas constantemente; en relación al campo del arte, como es la participación en los procesos instituyentes y en las prácticas políticas que atraviesan transversalmente las instituciones. Debemos desacralizar los museos como espacios de contemplación y lectura lineal, abrirlos a distintas disciplinas, interpretaciones y narrativas, hacerlos más permeables y susceptibles a que los visitantes e inclusive los mismos artistas, mediadores, empleados, guardias y curadores puedan hacer uso de ellos; proponer no solo curadurías de las colecciones sino actividades, programación, de nuevo, producir.

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